Teníamos que salir de ahí… ¡Todos!
No dejaríamos a ninguno atrás -herido o muerto-
sin embargo… ya no teníamos alternativas, ni tiempo.
"Por los clavos de Cristo ¡que no veo!"
Susurraba el soldado mal herido.
El doctor parecía confundido
y buscaba quitarnos el mareo
del temor de la rabia y la impotencia.
De pronto nos cubrimos con maleza
las botas, uniforme y la cabeza
con afán de escapar de una sentencia
dictada por cobardes de escritorio.
Amparados por ruidos ferroviarios
nos cambiamos por "lobos esteparios"
y arrastramos el muerto a su velorio,
los heridos a donde se pudiera
y los indemnes lejos de metrallas.
No pensamos en glorias ni medallas...
mas bien en el valor de quien valiera.
Sobrevivimos un día… en un lugar cualquiera.
Jorge de Córdoba




