Los clamores no importan;
las agonías son lo de menos…
estamos pendientes a otros sonidos.
Los
casquillos rebotando en el cemento, es un sonido más aterrador que las mismas
percusiones… estamos ensordecidos a los ayes de dolor. ¡Qué dios nos perdone!
En las voces de quejidos
reconoces los amigos.
De frente a lo inevitable
entregan las municiones
y su agua en el envase
a los otros tiradores.
Los heridos se repliegan
sujetando las rodillas.
Los amantes que se besan
en ofrendas de sus vidas.
La sorpresa es la ventaja
y ¡este tiempo que no pasa!
El hedor
de carne quemada es insoportable y sin embargo es el indicio de que, por lo
menos, funcionan nuestros sentidos.

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