Perdóname, mi hermano, por darte esperanzas
cuando la misma muerte sostenía tu mano.
Debimos matarla... debimos gritarlo.
Se
escuchan cual sonidos de acompañamiento. Son voces que crecen; que lamentan,
que golpean y perecen… sin embargo son tenazmente apabullantes:
de la rabia; de tus celos...
Perteneces a mi grey
por tu falta de cadencia
y lo ambiguo de tu fe...
hoy se escribe la tragedia.
¡Ven! Esclavo de tus miedos.
Escucha nuestras acciones
y mécete los cabellos
hasta el final de los soles.
Tus temores me convidan
a los fríos que se avisan.

Buenas letras con mucha profundidad que llegan con fuerza en su lectura. Un beso
ResponderEliminarGracias NB. Todo está presente. Un abrazo.
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